qué cantidad de telarañas y de bichos me he encontrado. y de fantasmas. los mismos de siempre y alguno nuevo que traje prendido en la solapa. hace frío fuera, el mismo frío milenario que llevo por dentro. me cansa la lucha, la gente que no entiende. me cansa explicarles de qué va la vida, como tienen que enfocar, porque llevan los binoculares del revés.
me cansa la gente que no asume sus barrancos, que no se ubica, que culpa a los demás de sus dolores, de sus desgracias, nunca de sus triunfos. me cansa que no cuiden lo que tienen, que lo pateen o ni siquiera lo miren, pero en el momento en que lo ven en peligro o perdido, entonces sí quieran rescatarlo todo y derramarse en bondades y detalles que habrán olvidado a la media hora de haber recuperado lo que creían perdido. un afecto se cuida siempre y, si amamos de verdad, no le echamos todas las culpas oscuras al otro.
pos yo me largo, tiro la toalla, no me calo lo que no me corresponde y no me gasto explicándoles cómo vivir, cómo crecer, cómo superar su ceguera. que se metan carajazos y aprendan… o no, que al final harán lo que les de la real gana. como yo.
hay un chico de ojos profundos y brillantes. me mira desde el otro lado del salón de clases, pero no me dice nada, ni yo a él. no seré yo quien rompa el encantamiento. no quiero saber, no quiero intimidad, no quiero nada que no sean estas miradas intensas que, a veces, queman, otras hechizan, otras sonríen entre burlonas y divertidas. es perfecto. no se si él lo verá igual pero para mi lo es. así no correremos el riesgo de acercarnos para distanciarnos dolidos después
creo que volveré más por aquí. esto de lo anónimo es una protección invisible. aquí me siento a salvo, aquí nadie entra a juzgarme, aquí puedo ser solo yo.
y si alguien entra que, por favor, no deje comentarios, no los quiero y me espantarían. lea lo que quiera, pero no deje huella o no volveré por aquí en el espanto de saberme espiada

